—¿Qué clase de broma es esta? —escupió.
Leonardo tragó saliva. Sus tobillos asomaron bajo el pantalón: marcas circulares, moradas, como sombras que no se iban.
Marina no apartó la vista de Valeria.
—No es una broma. Es la verdad que usted enterró.
Y el imperio, sin que nadie lo supiera todavía, empezó a temblar.
Para entender cómo llegaron a ese momento explosivo, hay que volver dieciocho meses atrás, cuando Marina aceptó un empleo como trabajadora del hogar en la mansión de los Mendoza, en Las Lomas de Chapultepec, Ciudad de México.
Era una casa enorme, de tres niveles, con jardines que parecían parque, fuentes de cantera y un garaje donde dormían autos de lujo como si fueran mascotas. Marina había llegado ahí por una agencia. Había pasado entrevistas exhaustivas. Y la última entrevista la hizo personalmente Valeria.
—Aquí no quiero errores —le dijo Valeria, sin levantar la voz, y aun así sonó como amenaza—. La limpieza es disciplina. Y la disciplina… es lealtad.
Marina tragó su orgullo y asintió. Necesitaba el trabajo. Su madre estaba enferma y vivían en un departamento pequeño en Iztapalapa. Cada quincena era un milagro.
El dueño de la casa, Alberto Mendoza, era otra cosa. Un hombre de sesenta y dos años, dueño de una de las constructoras más grandes del país, famoso en los negocios… pero sorprendentemente amable con el personal.
—Buenos días, Marina —le decía al cruzarla en el pasillo—. ¿Cómo está tu mamá?
Tenía tristeza en la mirada, como si cargara una piedra que nadie veía. Pasaba horas encerrado en su estudio, observando fotos antiguas. En muchas de esas fotos había un niño delgado, de sonrisa tímida. Leonardo.
Marina pronto descubrió que Alberto tenía dos hijos de su primer matrimonio: Rafael, de veintiséis, ya metido en la empresa; y Leonardo, el menor, de catorce… del que casi nadie hablaba.
Cuando alguien preguntaba, Valeria respondía con la misma frase, ensayada:
—Leonardo estudia en un internado en Suiza. Es superdotado. Necesita estar lejos para concentrarse.
Pero Marina, con el paso de las semanas, empezó a notar que algo no cuadraba. No llegaban cartas. No llegaban fotos. No había videollamadas. Ni una sola.
La primera pista apareció una tarde lluviosa de septiembre. Marina limpiaba el despacho de Valeria cuando, al mover una carpeta, derribó una pila de documentos. Se arrodilló para recogerlos. Y entonces vio un nombre que le heló la sangre: