Cuando llegó, le conté todo. Vi la sorpresa, luego la indignación. Le pedí ayuda y le prometí que, si aceptaba, su vida y la de sus hijos cambiarían para siempre. No dudó.
Le pedí que fuera a mi casa y trajera los documentos de mi caja fuerte.
El sobre olvidado
Lucía regresó con escrituras, estados de cuenta y un sobre viejo que yo había olvidado por completo. Era un sobre que mi abuela me había entregado antes de morir, pidiéndome que lo guardara.
Dentro había la escritura de un terreno de cinco hectáreas comprado en los años 60, cuando esa zona no valía nada. Hoy, ese terreno estaba en una de las áreas más cotizadas de Guadalajara.
Yo era la dueña. Roberto jamás lo supo.
Por primera vez en meses, reí. No de alegría, sino de justicia.
Un abogado fuera de su alcance
Lucía me habló de su hermano Fernando, abogado honesto y sin conexión alguna con Roberto. Esa misma noche vino al hospital.
Revisó todo y confirmó lo esencial: el terreno era un bien heredado antes del matrimonio. No era conyugal. Roberto no tenía ningún derecho sobre él.
Actuamos de inmediato.
El nuevo testamento
Redacté un nuevo testamento con testigos. Distribuí mis bienes así:
- una parte para Lucía y sus hijos,
- una parte para mis sobrinos,
- una parte para una fundación contra el cáncer,
- y una parte para Fernando por su trabajo.
Roberto no figuraba como beneficiario.