Miguel la miró con desprecio y le dijo que estaba siendo dramática, que se levantara porque estaba haciendo un espectáculo. Le dijo que él tenía su propia vida ahora, que había superado su pasado y no quería recordatorios de esa época, que verla le traía malos recuerdos y que prefería que no volviera a buscarlo. Rosa levantó la mirada hacia su hijo menor y vio a un extraño. intentó tomar su mano, pero Miguel dio un paso atrás como si el contacto de su madre lo quemara.
Fue en ese momento cuando algo se rompió definitivamente dentro de Rosa. Se levantó lentamente, miró a Miguel a los ojos y con una voz que ya no temblaba, con una dignidad que emergió desde lo más profundo de su ser, le dijo, “Algún día vas a tener hijos, Miguel, y te vas a dar cuenta de que el amor de un padre no tiene condiciones ni espera nada a cambio. vas a entender todo lo que di por ustedes y te vas a arrepentir de este momento.
Pero va a ser demasiado tarde. Hoy has perdido a tu madre para siempre. Miguel no dijo nada, simplemente cerró la puerta dejando a Rosa sola en medio de la tormenta. La anciana se quedó ahí parada por un momento, mirando esa puerta cerrada y algo cambió en su interior. Ya no sentía tristeza ni dolor. Sentía una extraña calma, una aceptación de que sus hijos ya no eran las personas que ella creyó haber criado. Tomó su maleta empapada y comenzó a caminar sin rumbo fijo por las calles oscuras de la ciudad.
No sabía cuánto tiempo había caminado cuando finalmente sus piernas ya no pudieron más. Se detuvo bajo el toldo de una tienda cerrada, se sentó en el suelo frío y abrazó su maleta. El agua de la lluvia corría por las calles formando pequeños ríos. Rosa cerró los ojos agotada física y emocionalmente. Por un momento deseó que Fernando estuviera ahí, que todo esto fuera solo una pesadilla de la que pudiera despertar. Comenzó a rezar, no pidiendo ayuda para sí misma, sino pidiendo que algún día sus hijos entendieran el valor del amor y la familia antes de que fuera demasiado tarde para ellos.
Mientras Rosa estaba ahí sentada bajo ese toldo, completamente empapada y temblando de frío, un auto se detuvo frente a ella. Era un vehículo elegante, oscuro, con vidrios polarizados. Rosa pensó que tal vez era la policía que vendría a decirle que no podía quedarse ahí. Se preparó para levantarse y seguir caminando, aunque ya no tuviera fuerzas. Pero cuando la puerta del auto se abrió, quien bajó fue un hombre de aproximadamente 50 años, bien vestido, con un paraguas en la mano.