Les rogó que no la obligaran a irse, que esa casa era su hogar, que ahí quería pasar sus últimos años recordando todo lo vivido. Pero sus hijos fueron inflexibles. Carlos argumentaba que él había prestado dinero para su operación y que merecía recuperarlo. Laura decía que necesitaba dinero para la educación de sus hijos. Miguel simplemente asentía con todo lo que sus hermanos decían. Ninguno de ellos parecía importarle el dolor que estaban causando a su madre. Rosa intentó razonar con ellos durante semanas.
Les explicó que la casa estaba a su nombre y al de Fernando, que legalmente ella tenía todo el derecho de quedarse ahí hasta su último día. Pero sus hijos comenzaron a presionarla cada vez más. Las visitas se volvieron tensas, llenas de reproches y reclamos. Carlos le decía que era una egoísta por no pensar en sus nietos. Laura lloraba diciendo que ella había sacrificado dos semanas de su vida para cuidarla y que ahora Rosa no quería ayudarlos cuando ellos lo necesitaban.
Miguel simplemente repetía que sus hermanos tenían razón. La presión fue aumentando día tras día. Los hijos comenzaron a llegar sin avisar, revisando la casa, valuando los muebles, hablando con agentes inmobiliarios. Rataban a Rosa como si ella ya no existiera, como si fuera un obstáculo que debían remover para conseguir lo que querían. La anciana comenzó a sentirse como una extraña en su propia casa. Una noche, Rosa tuvo una pesadilla terrible. Soñó que Fernando estaba frente a ella con esa sonrisa cálida que siempre la hacía sentir segura.
Él le tomó las manos y le dijo, “Rosa, recuerda que los criamos con amor, pero a veces el amor de una madre no es suficiente para crear buenos hijos. No es tu culpa. ” Rosa despertó llorando, abrazando la almohada donde Fernando solía dormir. Al día siguiente, algo dentro de Rosa se quebró. Después de otra discusión agotadora con Carlos, quien había llegado con papeles para que firmara la venta de la casa, Rosa finalmente se dio. Estaba tan cansada, tan agotada emocionalmente, que ya no tenía fuerzas para seguir luchando.
Firmó los papeles con manos temblorosas mientras las lágrimas caían sobre el documento. Carlos ni siquiera le dio las gracias, simplemente guardó los papeles y se fue diciendo que en una semana debía desocupar la casa. Esa semana fue la más larga y dolorosa de la vida de Rosa. Caminaba por cada habitación recordando momentos que ahora le parecían de otra vida. La habitación donde Carlos dio sus primeros pasos, la cocina donde enseñó a Laura a hacer el pastel de chocolate que tanto le gustaba, el jardín donde Miguel jugaba con su pelota todas las tardes.