La alegría de Antonio no era para mí
Antonio lucía radiante. Sus ojos brillaban con la luz de alguien en completa paz. Su sonrisa era serena, cálida y segura.
Atrás quedó la mujer que una vez lloró por mi rechazo. Esta mujer se mantuvo erguida, orgullosa del hombre a su lado, sin importarle el traje que llevaba puesto ni el sueldo de su cuenta bancaria.
Escuché a dos señores mayores en la mesa de al lado susurrando sobre Emilio:
Perdió una pierna, pero nunca el ánimo.
Trabaja duro y envía dinero a sus padres todos los meses.
Ahorró durante años para comprar un terreno y construirle una casa.
Es leal, honesto y respetado por todos aquí.
Sus palabras me hirieron más de lo que esperaba.
El momento en que vi lo que había perdido
Al comenzar la ceremonia, Antonio caminó hacia el altar, con la mano de ella apoyada suavemente en la de Emilio. No hubo vacilación ni timidez.
Recordé los días en que Antonio casi temía acercarse demasiado a mí en público, preocupado de que su ropa sencilla me avergonzara. Y, sin embargo, allí estaba, caminando orgullosa junto a un hombre con una sola pierna, con el rostro radiante de alegría.
Ese fue el momento en que me di cuenta de la verdad: ella había encontrado una felicidad que yo nunca podría darle.