La traición de alguien en quien había confiado completamente. Lo siento mucho, hija. No sabía que las cosas estaban tan mal. Yo tampoco lo sabía, mamá. Yo pensé que Eduardo me amaba, que íbamos a construir algo juntos, pero resulta que yo solo era una manera fácil de conseguir dinero y documentos. Ángela comenzó a llorar otra vez.
¿Cómo pude ser tan estúpida? ¿Cómo no me di cuenta de lo que él realmente era? Era tentador decirle que yo había visto las señales desde el principio, que había tratado de advertirle que Eduardo nunca me había parecido confiable, pero eso habría roto mi fachada de madre comprensiva y vulnerable. El amor no ciega a veces. Hija, no te culpes.
Pero mamá, no solo arruiné mi vida, también arruiné la tuya. Te traté horriblemente. Te quité tu casa, tu carro, tus cosas y todo para dárselo a un hombre. que me abandonó a la primera oportunidad. Ya pasó, Ángela. No, no pasó. Ahora los dos estamos en problemas por mi culpa.
Tú perdiste todo lo que papá te dejó y yo perdí mi matrimonio y mi futuro. Somos dos mujeres pobres tratando de sobrevivir. Si supiera, pensé, si supiera que en este momento tengo más dinero del que ella puede imaginar, que soy propietaria del edificio donde vivía, que puedo resolver todos sus problemas con una llamada telefónica, pero no era el momento todavía. Al día siguiente fuimos al banco.
Ángela estaba nerviosa, esperanzada. Yo mantuve mi actuación de viuda confundida que no entendía mucho sobre finanzas. El empleado del banco nos llevó a las cajas de seguridad, verificó mi identificación y abrió la caja número 247. Adentro había joyas, muchas joyas, anillos, collares, pulseras, aretes. Algunas piezas las reconocí como herencia de la familia de Roberto. Otras eran completamente nuevas para mí.
También había una carta explicando el origen de cada pieza y su valor aproximado. Ángela se quedó sin aliento. Mamá, esto debe valer una fortuna. ¿Tú crees? Sí. Mira esta esmeralda y este collar de perlas. Mamá, papá guardó un tesoro aquí. Según la carta de Roberto, las joyas valían aproximadamente 200,000 pesos.
Era una cantidad significativa, pero no era nada comparado con el resto de mi patrimonio. Era como encontrar monedas debajo del sofá cuando tienes un millón de pesos en el banco. ¿Qué hacemos con esto, mamá? No sé, hija. Son recuerdos de familia. Pero mamá, podríamos vender algunas piezas. Con este dinero podrías recuperar tu casa de la playa y yo podría pagar algunas de las deudas de Eduardo. Ahí estaba otra vez.
Incluso cuando encontraba algo valioso, la primera reacción de Ángela era pensar en cómo usarlo para solucionar los problemas que Eduardo había creado. No había aprendido nada todavía. ¿Estás segura de que quieres usar la herencia de tu padre para pagar las deudas de Eduardo? ¿Qué otra opción tengo, mamá? Si no pago algo, los bancos van a embargar todo lo que tengo. Y técnicamente yo no tengo nada.
Todo estaba a nombre de Eduardo. Piénsalo bien, hija. Una vez que vendas estas joyas, no las vas a poder recuperar. Lo sé, pero ¿qué más puedo hacer? No puedo conseguir trabajo con todas estas demandas legales pendientes. Ningún empleador va a querer contratar a alguien con tantos problemas legales. Nos llevamos las joyas a casa.