Él desvió la mirada hacia la pared, donde había un calendario colgado. Sus ojos se detuvieron en el mes actual, y luego fueron subiendo, como si contaran hacia atrás mentalmente. Finalmente, se quedaron fijos en marzo, tres meses atrás. Volvió a parpadear dos veces.
Tres meses de golpes, de moretones escondidos bajo una camisa abotonada hasta el cuello. Tres meses en los que yo había vivido en la misma casa, sin ver nada.
La culpa me aplastó.
Busqué mi móvil y, sin pensarlo demasiado, empecé a sacar fotos de los moretones. Acercaba la cámara, me aseguraba de que se distinguiran los tonos, las formas. Luego fotografié la libreta, página por página. Por primera vez, consideré algo que me daba miedo incluso pronunciar en mi cabeza: ¿y si tenía que denunciar a mi propio esposo?
Cuando guardé el teléfono, vi que tenía un mensaje nuevo de Diego.
“¿Todo bien con papá? Acuérdate de no quedarte sola con él. Se impresiona fácil y luego no duerme.”
Leí ese mensaje con otros ojos. Las palabras, que antes me habían parecido protectoras, ahora sonaban como una advertencia. No para mí. Para él.
Cerré la libreta con decisión. Me incliné hacia don Manuel.
—Le prometo que voy a averiguar la verdad —le dije, más para convencerme a mí misma que a él—. Y si Diego le ha hecho daño… no voy a mirar hacia otro lado.
Sus ojos se humedecieron. Un parpadeo lento, agradecido.
Lo que no sabía entonces era que buscar la verdad significaba no sólo enfrentar a mi esposo, sino enfrentar también la versión de mí misma que necesitaba creer que estaba casada con un buen hombre.
Esa noche no pude dormir. Dejé a don Manuel lo mejor acomodado que pude, hablé con la enfermera por teléfono para explicarle lo que había pasado y fingí normalidad. No le mencioné los moretones. No todavía. No estaba lista para escuchar un “yo también los vi” o, peor aún, un “no es asunto mío”.
Sentada en la cocina, con una taza de café que se enfriaba rápido, abrí de nuevo las fotos en mi móvil. Los moretones, la libreta, las frases a medias. Volví a leer una en particular:
“Vi cómo soltó el volante… necesitaba el dinero.”
Diego trabajaba en la empresa familiar, eso lo sabía. Tras el “accidente”, había quedado como el único hijo capaz de hacerse cargo. El seguro había pagado una suma importante, y algunas decisiones económicas polémicas se justificaron con la necesidad de adaptar la casa, contratar cuidadores, pagar terapias. Yo nunca sospeché de nada.