Sino porque representaba algo mucho más importante.
Respeto propio.
Aquella noche no perdí a mi hijo.
Perdí la costumbre de suplicar cariño.
Y esa fue una victoria mucho más grande.
Al terminar, dejé una buena propina al camarero.
—Gracias por venir, señora Carmen —me dijo.
Sonreí.
—Gracias por recordarme que todavía sé disfrutar de mi propia compañía.
Un nuevo comienzo
Durante las semanas siguientes reflexioné mucho sobre lo ocurrido aquella noche.
Comprendí que había pasado demasiado tiempo esperando que otros me eligieran, cuando yo misma había dejado de elegirme.
Vendí la casa de campo que pensaba dejarle a Daniel.
Con parte de ese dinero remodelé mi cocina, arreglé mi jardín y reservé un viaje que llevaba años posponiendo.
Ese viaje terminó convirtiéndose en uno de los mejores regalos que me hice en toda mi vida.
También actualicé mi testamento.
Sin castigos.
Sin rencores.
Sin dramas.
Simplemente con claridad.
Una parte sería para Daniel.
Y otra para una fundación que ayuda a personas mayores que viven solas.