Esa misma noche, llamé a mi empresa para pedir una reasignación: un puesto sin viajes. Vendí la casa y compré una más pequeña, cerca de la escuela de Chloe. Juntos, pintamos su nueva habitación de rosa y pegamos estrellas que brillan en la oscuridad en el techo. Rehicimos nuestra vida, los dos juntos. Los domingos de tortitas. Los paseos al atardecer por el parque. Los jueves de «pintarse las uñas». Los cuentos por la noche con voces ridículas que la hacían estallar de risa. Cuando me preguntaba por qué Mamá ya no vivía con nosotros, respondía con dulzura, sin amargura. Quería que Chloe creciera sin cargar con el peso de nuestros errores. Nunca imaginé que mi matrimonio terminaría con una traición y una batalla judicial. Tampoco imaginé que la honestidad de una niña de cinco años me salvaría, y me devolvería lo esencial. Al final, no era Chloe quien necesitaba que la tranquilizaran. Era yo. Y ella me lo dio en siete palabras: «No quiero ser la segunda». Porque para ella, yo siempre fui el primero. Y para mí, ella siempre lo será.