El insulto fue el detonante.
Cuando Leonardo se quitó el micrófono y dijo “Se acabó”, supe que algo irreversible había ocurrido.
Lo intercepté a la salida y le mostré las conversaciones.
Leonardo leyó. Su rostro pasó de la confusión a una furia helada.
No dijo nada. Se dio la vuelta y salió de la iglesia.
La caída al abismo
Esa noche, entre vasos de whisky, Leonardo tomó una decisión:
—Voy a destruirlas.
Intenté detenerlo.
—Esto te va a consumir.
—Me va a liberar —respondió.
Contrató abogados, amplió la investigación y aparecieron más víctimas. No eran tres. Eran catorce.
Hombres seducidos, despojados y abandonados. Un negocio familiar donde Isabel era la carnada y Sofía la mente.
Leonardo se endureció. Se volvió alguien que no reconocía.
Amenazas y el punto de no retorno
Cuando denunciamos ante la fiscalía, llegaron las amenazas. Llamadas anónimas, fotos, advertencias.
Hasta que una noche un supuesto mensajero dejó un paquete en mi puerta.
No abrí.
La policía confirmó que era un artefacto incendiario.