Cuando llegué a casa, Tomás me esperaba en la sala, nervioso, sin poder ocultar su desesperación.
—¿Qué pasa, Alex? ¿Quiénes son esas personas? —preguntó alzando la voz.
Me quité el abrigo con calma.
“Son parte del equipo que mi padre dejó a mi cargo”.
Él frunció el ceño.
¿A tu cargo? ¿Desde cuándo tienes... "equipo"? —preguntó, haciendo comillas en el aire.
“Desde hoy”, respondí, dejando claro que la situación había cambiado.
Pero Tomás no podía tolerar perder el control.
—No puedes gestionar una herencia así. No tienes la experiencia. Déjame encargarme de esto —dijo, acercándose, intentando parecer protector.
—La herencia es mía —respondí con firmeza—. Y ya no necesito que gestiones nada.
Sus ojos brillaron con una furia apenas contenida.
—¿Qué más te dejó ese viejo? —murmuró entre dientes.
Me acerqué más hasta que estuve a sólo un pie de él.
Mucho más de lo que te imaginas. Y también me dejó instrucciones. Sobre ti.
El silencio era pesado.
Tomás intentó recuperar la compostura.
—Alex… hablas como si fuera tu enemigo. Solo quiero ayudarte.
—Mi padre dejó pruebas —interrumpí— de todas tus deudas ocultas, de las empresas que abriste a mi nombre sin decirme nada, de tus alianzas con gente que no quiero cerca de mi vida.
Se puso tenso.
"No sabes lo que estás diciendo."
“Sé exactamente lo que estoy diciendo.”
Gabriel Knox entró en ese momento. Tomás retrocedió un paso al verlo.