“Pobrecita… mi angelito. Ya estás a salvo,” susurró, y en ese momento, la niña dejó de llorar.
La llevó a su casita humilde, un milagro de madera y cartón. La llamó Ángela. Un ángel que la maldad humana había intentado tirar al río.
El Despertar del Patito Feo
Ángela creció en Iztapalapa, un oasis de amor en el desierto de la pobreza. Don Hilario le enseñó a leer con los periódicos viejos que recolectaba y a ver el mundo con la bondad de quien no tiene nada que perder, solo mucho que dar.
Pero la vida fuera de las cuatro paredes de su casita era una prueba constante. Los niños de la calle, con esa crueldad infantil que no conoce límites, le gritaban:
“¡Monstruo!”
“¡Fea! ¡Vete de aquí!”
“¡Bruja! ¡Mala suerte!”
Ella regresaba llorando, sus pequeños hombros agitados por el dolor.
Pero Don Hilario siempre la esperaba con un pedazo de pan dulce y la misma frase, repetida como un mantra:
“Hija, no escuches eso. La belleza verdadera está en el corazón. Tú eres buena, eres lista… un día todos se van a sorprender contigo. Cuando la luz salga de tu corazón, nadie podrá ver la cicatriz de tu rostro.”
Y Don Hilario tenía razón. Pese a las dificultades para hablar por su condición, Ángela siempre fue la mejor alumna en la escuelita comunitaria. Leía todo, absorbía todo. Su mente era una joya de lógica y sabiduría.