$47,000,000.
“¿Qué… qué dijo?”
“Lo ha dejado todo a usted. Las propiedades, las cuentas de inversión, las acciones. Todo.”
Trató de respirar. Imposible.
Harrison deslizó los documentos. Certificados de acciones. Estados de cuenta.
“Hay algo más que debe saber,” continuó. “Una de las compañías en las que su abuela invirtió hace años ha crecido significativamente. Ella poseía el 60% de las acciones. Esa compañía se llama Hartman Investment Group.”
El aire se fue de la sala.
La compañía de Andrew.
“Mi abuela… era dueña de la mayoría de la compañía de mi marido.”
“Así es. Y ahora, usted lo es.” Harrison sonrió levemente. “Usted es la accionista mayoritaria. Usted, de hecho, es la dueña de la compañía. El señor Andrew Hartman le reporta a usted. El consejo de administración fue notificado esta mañana del traspaso de propiedad.”
Un temblor recorrió a Graciela, pero no era de miedo. Era de poder. La verdad se reveló: la abuela había sido brillante, estratégica. Le había dado no solo dinero, sino elección, libertad y un arma oculta.
LA CONFRONTACIÓN
Graciela condujo a casa en un trance. Se bajó de un taxi, pero no sentía el suelo bajo sus pies.
Al abrir la puerta, el grito la detuvo.
Andrew estaba al teléfono, paseando de un lado a otro. Su rostro estaba rojo, frenético.
“¡No me importa lo que digan los papeles! ¡Averigüen quién es esa persona! No pueden tomar el control así. ¡Llamen a los abogados! ¡A los contadores!”
La vio. Dejó la llamada en espera. Sus ojos eran rabia y pánico.