—¿Qué hiciste?
Elena intentó sostener la mentira, pero algo ya se había roto.
En ese momento entró una trabajadora social con gafete del DIF. Y detrás de ella, para el shock absoluto de Mauricio y el horror de Elena, entró Claudia, acompañada por Rosa y un pediatra conocido de su hospital.
—Señora Montes —dijo la trabajadora social—, hay una denuncia formal. Hay fotografías y una muestra de líquido que será analizada. Y el hospital ha confirmado desnutrición.
Elena quiso gritar “venganza”, “empleada resentida”, pero el cuerpo de Adrián conectado a suero era una verdad imposible de maquillar.
Mauricio, con voz baja, temblorosa:
—Elena… dime la verdad.
Elena se derrumbó, llorando no por el bebé, sino por el espejo roto de su imagen.
—Yo… yo solo quería recuperar mi figura. La gente… las redes… me juzgaban. Yo pensé que si comía menos…
Mauricio la miró como si viera a una desconocida.
—¿Lo estabas matando por Instagram?
El silencio fue una sentencia.
Un médico salió y anunció:
—Está estable. Llegaron a tiempo. Una semana más y no lo salvábamos.
Claudia se cubrió la boca, llorando libre por primera vez. Mauricio apretó los ojos, derrotado por su propia ceguera. Elena fue separada del proceso y más tarde enfrentó cargos y medidas cautelares. Mauricio pidió custodia total; las visitas de Elena quedaron supervisadas. La mansión, por fin, tuvo un ruido distinto: el de la verdad entrando por las ventanas.
Tres meses después, Adrián—ya de seis meses—tenía de nuevo mejillas redondas. Reía fuerte en su sillita alta, manchándose de papilla como debe hacerlo un bebé vivo. Claudia le daba cucharaditas con paciencia infinita.