Tres días después, mientras bajaba unas toallas del baño principal, encontró algo que la dejó helada: cuatro biberones escondidos en el cesto de basura, debajo de cajas de cosméticos y pañuelos. Los destapó uno por uno: agua con una pizca mínima de fórmula, casi transparente. No era error. Era intención.
Esa noche Claudia no durmió. Y a las once escuchó pasos. Se asomó por la rendija de su cuarto de servicio y vio a Elena caminar en puntitas hacia el cuarto del bebé con el teléfono en la mano. Claudia bajó en silencio.
La puerta estaba entreabierta. Elena había montado un trípode. Se acomodó el cabello, sonrió a cámara y habló con voz dulce, impostada.
—Hola, mi gente bella… aquí, como todas las noches, dándole la última toma a mi bebé precioso…
Sostuvo el biberón como utilería y fingió alimentar a Adrián, que seguía dormido. Era una actuación perfecta.
Entonces el bebé gimió, débil, quebrado.
Elena apagó el video de golpe. Su rostro cambió: la sonrisa se cayó como una máscara.
—Cállate… me arruinaste el video.
A Claudia le ardió la sangre. Retrocedió sin hacer ruido, subió y se encerró. Ahí, apretando una sábana entre las manos, entendió algo peor que la negligencia: Elena estaba sacrificando a su hijo para sostener una imagen.
Claudia intentó hablar con Mauricio al día siguiente. Entró a su estudio con el corazón golpeándole las costillas.
—Señor Mauricio… es sobre el bebé. Yo creo que no está comiendo bien.
Mauricio frunció el ceño, pero su molestia era más fuerte que su preocupación.
—Elena dice que todo está perfecto.
—Señor… he cuidado bebés muchos años. Lo veo más delgado. Los biberones a veces solo tienen agua.
Mauricio se enderezó, frío.
—¿Me estás diciendo que mi esposa no cuida a nuestro hijo?