Y aun así, Emiliano temía lo que más lo aterraba: que Lía se volviera el blanco más grande.
El lunes, Emiliano la dejó en la puerta como siempre. Ella respiró hondo.
—Y si me odian más? —susurró.
Emiliano se agachó hasta quedar a su altura.
—Entonces yo estaré aquí —dijo—. Y no solo yo. Ahora hay adultos que sí van a mirar. Y también… habrá niños que aprenderán a hacerlo mejor.
Lía ascendiendo, con el valor frágil de quien camina sobre hielo delgado.
En el comedor, esa misma semana, ocurrió algo pequeño y enorme. Lía entró con su charola y se movió hacia su esquina habitual… pero una niña de lentes, Renata, levantó la mano.
—Lía, acá —dijo, y empujó su mochila para abrirle espacio.
A su lado, un niño llamado Mateo agregó, tímido:
—Mi abuela también hace plátano macho. ¿Es dulce o salado?
Lía parpadeó. Sus labios buscanon una respuesta como quien busca una puerta que nunca ha visto abierta.
—Depende… —dijo al fin, y una sonrisa, pequeña pero real, le apareció—. El mío es dulce.
Renata olió el arroz.
—Se antoja —confesó—. ¿Me enseñas cómo lo haces?
Lía miró su comida. Luego a ellos. Y por primera vez en mucho tiempo no la acomodó para esconderla: la acomodó para compartir.
Desde lejos, Emiliano observó sin que ella lo viera. Sintió que el pecho se le llenaba de algo cálido, distinto a la victoria. Era alivio. Era reparación.