Había quejas archivadas, sí. También había firmas. Pero estaban etiquetadas como “no procedentes” porque el colegio recibía un bono de certificación privada por mantener “cero incidentes graves”. El comité, liderado por… Beatriz Ledesma, tenía incentivos para barrer todo bajo la alfombra.
Emiliano sintió náuseas.
Y entonces apareció la parte más amarga: ese bono se financiaba, en parte, con un programa de “convivencia” que su propia fundación había apoyado sin revisar la letra chiquita.
Había querido hacer el bien. Había alimentado el maquillaje.
Al amanecer, Emiliano entró en la habitación de Lía y se sentó al borde de la cama. La vio dormir, el rostro tranquilo por primera vez en horas. Sintió una culpa tan pesada que casi no pudo respirar.
Cuando Lía se despertó, él no empezó a hacer preguntas. Empezó con una verdad.
—Te vi ayer en el comedor —dijo, suave.
Lía se quedó inmóvil. Luego cayeron los ojos.
—No quería que lo vieras —susurró.
—Lo sé —Emiliano tragó saliva—. Pero ya lo vi. Y no voy a fingir que no.
Lía presionó la sábana con fuerza.
—Si dices algo… se va a poner peor. Siempre se pone peor.
Ahí estaba el miedo: no al insulto, sino a la represalia. Emiliano quiso prometerle que con su dinero lo arreglaría todo. Pero el dinero no había evitado el dolor. Tenía que prometer algo distinto.
—No voy a ir a gritar a tu salón —dijo—. No voy a hacerte el centro de un escándalo. Pero sí voy a cambiar lo que está mal. Y lo voy a hacer contigo, no encima de ti.
Lía lo miró como si no supiera si creerle.
—Y si me cambias de escuela? —preguntó de pronto, con la voz quebrada—. No quiero... no quiero empezar otra vez. Ya empecé tantas veces.
Emiliano sintió que algo se le rompía. Recordó el expediente de adopción, la lista de hogares temporales, la palabra “traslado” repetida como una condena.