Cuando Elena se enteró, sintió que el suelo se abría.
Encontró a Lilia sentada en un rincón, abrazando un oso de peluche como si fuera una tabla en el mar.
—Dijiste que no te ibas… —susurró Lilia sin levantar la vista.
Elena se arrodilló y le sostuvo las manos.
—Estoy aquí. Y voy a arreglar esto. Te lo prometo.
Esa noche, Elena le cantó a Lilia una canción sobre estrellas que brillan incluso en la noche más oscura. Era la misma que cantaba a su hija, años atrás. Lilia apoyó la cabeza en su hombro, y Elena sintió algo descongelarse.
Para unir a la familia hacía falta una pieza más: la abuela, Leonor Beltrán, en Lomas del Cedro. Elena fue hasta ella con el diario en mano.
Leonor abrió la puerta con los ojos duros.
—No tengo hija —dijo, y quiso cerrar.
Elena sostuvo el cuaderno entre sus manos.
—Entonces lea esto y dígame lo mismo.
Horas después, Leonor la llamó llorando.
—Yo… vi su número hace años… y no contesté. ¡No contesté! ¿Qué hice?
—Lo que hizo ya pasó —le dijo Elena—. Lo que haga ahora… aún puede salvarlos.
Leonor llegó a San Miguel al amanecer con una maleta pequeña y el orgullo roto en mil pedazos. Cuando vio a Lilia por primera vez, la niña la miró con desconfianza.
—Mami dijo que estabas enojada con ella.
Leonor se arrodilló temblando.