Solo ceniza común… y piedras.
Mi esposa murió creyendo en una mentira.
Yo me senté en el suelo sin poder hablar.
Raúl dijo:
—Ahora sí tenemos pruebas.
El almacén
Tras casi un mes de vigilancia encontramos un viejo almacén a las afueras. El hombre de la grabación entraba allí algunas noches.
Una de esas noches, la puerta se abrió desde dentro.
Y apareció Gabriel.
Vivo.
Más flaco. Más viejo. Pero era él.
Escuchamos cómo hablaba con otro hombre y mencionaba mis pagos como si fueran una broma.
En ese momento entendí algo:
Mi duelo no lo estaba matando a él.
Me estaba matando a mí.
El enfrentamiento
No aguanté más. Entré.
—Papá… —dijo.
No vi un regreso.
Vi una traición.
—Tu madre murió creyendo que estabas en esa urna —le dije—. Y esa urna tenía piedras.