Esperé a que Daniel hablara, pero no lo hizo.
Después de eso, ella dijo la frase que lo cambió todo:
"Si no te gusta, puedes irte".
Me temblaron las manos, pero sonreí. No por debilidad, sino porque en ese momento comprendí algo con mucha claridad. Esta casa no era solo un sueño. Era un campo de batalla.
Terminé la llamada con calma y caminé hacia la cocina. Daniel finalmente levantó la vista.
"Hablaremos", murmuró.
Asentí, sin dejar de sonreír.
Porque mientras ellos planeaban quitarme la casa, yo ya estaba planeando una sorpresa que jamás verían venir.
Margaret llegó a la mañana siguiente con tres maletas y la confianza de quien nunca ha recibido un "no". Daniel la siguió como un niño culpable, cargando maletas y evitando mi mirada.
Recorrió la casa como si inspeccionara una propiedad que ya poseía.
"Esta habitación será nuestra", dijo, señalando el dormitorio principal. “Nuestra habitación”, corregí en voz baja.
Me ignoró.
Por la tarde, había reorganizado los muebles del salón. Por la noche, criticó mi cocina. Daniel no dijo nada. Cada silencio suyo sonaba más fuerte que sus insultos.
Esa noche, no lloré. Observé.
Noté cómo Margaret le hablaba a Daniel: cómo lo interrumpía, lo corregía, decidía por él. Noté cómo se encogía a su lado, con qué facilidad se desentendía de la responsabilidad. Y también noté algo más: ninguno de los dos había preguntado a nombre de quién estaba la escritura.