—Dios mío —susurró el cuidador—. Está viva.
Michael cayó de rodillas.
—¡Laura! —gritó—. ¡Laura, amor mío, te tengo!
Entre sollozos, ayudó a levantar la tapa. El aire atrapado salió en un suspiro sofocante.
Dentro, la mujer abrió los ojos.
Estaban desorbitados, llenos de terror, pero vivos.
—M-Michael… —balbuceó—. No podía moverme… no podía gritar…
Ethan se lanzó hacia el ataúd, llorando de alegría.
—¡Mamá!
Michael la sacó en brazos, cubierto de tierra, de lágrimas, de incredulidad.
Los presentes quedaron petrificados. Algunos rezaban, otros filmaban con manos temblorosas.
Nadie hablaba.
Solo se oían los sollozos y la respiración jadeante de Laura, viva, después de haber sido enterrada.
Horas más tarde, en el Hospital General de Maplewood, los médicos confirmaron lo imposible:
Laura había sufrido una catalepsia —una condición rara en la que el cuerpo entra en un estado de parálisis total, simulando la muerte.
Su respiración era tan débil que el equipo médico la había declarado sin vida.
Nadie lo sospechó.
El doctor Hughes, el forense que firmó el certificado de defunción, llegó corriendo, horrorizado.
—Esto… esto no puede ser —tartamudeó—. Revisé dos veces…