A los 78 años, lo dejé todo para reencontrarme con mi primer amor, pero el destino tenía otros planes.

 

 

Mientras el avión empezaba a rodar y despegar, cerré los ojos, dejando que la suave vibración de los motores calmara mis nervios. Una oleada de esperanza, miedo y nostalgia me invadió de golpe. Pero justo cuando empezaba a relajarme, un dolor repentino y punzante me atravesó el pecho.

Sentí como si mi corazón se hubiera vuelto traidor.

Me agarré el pecho, luchando por respirar, mientras el dolor se extendía como un incendio. El zumbido del motor se desvaneció mientras el pánico me nublaba la vista. Oí una voz aguda, urgente.

“Señor, ¿puede oírme?”

Una azafata apareció a mi lado, con el rostro desencajado por la alarma. Me ayudó a sentarme, con las manos firmes mientras mi cuerpo temblaba. El mundo a mi alrededor daba vueltas, manchas danzando ante mi vista, y entonces...

Todo quedó en la oscuridad.

Parte 4: El despertar en un pueblo extraño

Cuando recuperé el conocimiento, ya no estaba en el avión. El penetrante aroma a antiséptico impregnaba el aire, y el pitido rítmico de las máquinas se acompasaba con el latido de mi corazón. Estaba tumbado en una cama de hospital, rodeado de paredes de color amarillo pálido, con una pequeña ventana que enmarcaba las tranquilas calles de un pueblo que no reconocí al instante. En la puerta, un cartel decía: «Hospital General de Silverton».

Una enfermera de aspecto amable entró en la habitación; su etiqueta con el nombre decía "Clara".

 

 

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